24/5/12

Crisis de solidaridad


La crisis económica que estamos viviendo debería ser una ocasión para reflexionar sobre lo que hemos hecho mal hasta llegar a donde hemos llegado, corregir los errores y aprender de los fallos. Pero parece que las medidas que “dictan los mercados”, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, los grandes dirigentes... miran a sanear las grandes cifras macroeconómicas, a costa de cargarse el tejido social de las naciones.
Lo han vivido los países de América Latina con la crisis de la deuda externa, mil veces pagada, y lo han sufrido la mayoría de las naciones de África. Ahora, la receta se la tiene que aplicar a sí misma la vieja Europa. Y los recortes nos hacen ver más cerca que en otras ocasiones dramáticos casos de desesperación: desahucios inhumanos, padres que avalaron a sus hijos y lo han perdido todo, familias en paro...
Así las cosas, las situaciones de crisis, que tendrían que sacar lo mejor de nosotros mismos –y hay casos en esta dirección–, pueden e incluso suelen producir efectos en sentido contrario. Es lo que ha ocurrido con las ayudas al desarrollo. Una circunstancia que ha denunciado recientemente el arzobispo de Tegucigalpa y presidente de Cáritas Internacional, cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, quien ha señalado que muchos Gobiernos del mundo han suprimido sus ayudas a los pobres, cuando tendría que ser “la única cosa que no se debería tocar”.


No es un decir. Las cifras de la ayuda pública al desarrollo difundidas el pasado 4 de abril por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) han reflejado, por primera vez desde hace quince años, una clara tendencia a la baja. Los países industrializados miembros de esta organización han consagrado un poco menos del 0,32% de su Producto Interior Bruto (PIB) a contribuir al desarrollo de los países empobrecidos. ¿Dónde queda el famoso compromiso adquirido ante Naciones Unidas de destinar el 0,7% del PIB a este objetivo?


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