15/6/12

Familias misioneras


La celebración del VII Encuentro Mundial de las Familias en Milán, durante los primeros días de junio, es una nueva oportunidad para agradecer a Dios que haya depositado en el interior de la llamada “Iglesia doméstica” la dimensión misionera.
Desde los primeros momentos del cristianismo, la familia ha ocupado un lugar nuclear en la evangelización de la Iglesia. San Pablo hace referencia al inestimable    servicio que presta a la actividad misionera el matrimonio de Prisca (Priscila) y Áquila: “Saludad a Prisca y Áquila, mis colaboradores en la obra de Cristo Jesús, que expusieron sus cabezas por salvar mi vida; no soy yo solo quien les está agradecido, también todas las Iglesias de los gentiles. Saludad asimismo a la Iglesia que se reúne en su casa” (Rom 16,3-5). Desde entonces, la familia sigue siendo protagonista de la tarea misionera de la Iglesia, como destinataria de la evangelización y como agente de la misma. Así lo afirmaba Pablo VI: “Cada familia cristiana, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde este se irradia. Dentro, pues, de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no solo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido... Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive” (EN 71b).
A Milán han acudido varios cientos de miles de familias. Todas ellas, movidas por la convicción de su misión en la Iglesia y en la sociedad. Esta dimensión misionera alcanza a todos los miembros de la familia, dentro y fuera del ámbito familiar. Dentro, porque todos los miembros de la familia están llamados a intentar, con su testimonio, atraer a la fe a los familiares que no la tienen o que no la practican con coherencia. Fuera, porque su testimonio puede iluminar el camino de fe de otras familias y mostrarles la manera de vivirla. 
Entre los participantes había numerosas familias enviadas a la misión ad gentes. Han dejado su tierra y han partido, como tantos misioneros, para anunciar el amor de Dios. “Así como ya al principio del cristianismo Áquila y Priscila se presentaban como una pareja misionera (cf. Hch 18; Rom 16,3s), así también la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la presencia de cónyuges y familias cristianas que, al menos durante un cierto período de tiempo, van a tierras de misión a anunciar el Evangelio, sirviendo al hombre por amor de Jesucristo” (FC 54). Y es que la vocación misionera no es incompatible con la vocación al matrimonio y a la familia, sino que ambas están llamadas a unirse armónicamente, para que las familias que sientan la vocación misionera puedan desarrollarla y vivirla en fidelidad a Dios y a la Iglesia.
Un recuerdo especial para las familias de los misioneros. Ellas son las primeras en brindarles su apoyo para ayudarles a perseverar en la misión a la que Dios les ha llamado. Como pequeñas Iglesias domésticas, oran por aquellos que partieron para mostrar el rostro de Dios a otros. Muchas veces las familias de los misioneros prestan también, en la medida de sus posibilidades, apoyo material; sea en forma de dinero, medicinas o aquello que puedan necesitar. Estas familias son la primeras en hacer más humana la labor del misionero.

Anastasio Gil García 
Director Nacional de OMP - España 
Revista Misioneros Tercer Milenio, junio de 2012


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