1/10/12

Tribuna Misionera


No hay misión sin misioneros: 


San Gregorio Magno comenta que el nombre de “ángel” designa la función, no el ser del que lo lleva. Según él, solo pueden ser llamados ángeles cuando ejercen la función de mensajeros.
El comentario viene bien para acercarnos a aquellas personas que están realizando una función misionera por encargo y envío de la Iglesia. En la medida que cumplen y viven esta tarea, se les conoce como misioneros. Conviene hacer esta precisión, porque hoy se designa con esta palabra a cualquier persona que se digna a tomar parte en la actividad evangelizadora y pastoral de la Iglesia. Los principales documentos pontificios sobre la actividad misionera bien se cuidan de precisar el ámbito de cada una de estas acciones evangelizadoras, y aplicar el nombre de misioneros en el sentido estricto de la misión encomendada. Flaco servicio se hace a la amplia labor pastoral de la Iglesia si desde cualquier escenario se confunde la acción misionera con otras acciones como son la catequética y la pastoral. 
Bienvenido sea en este sentido el lema que Obras Misionales Pontificias ha propuesto para la Jornada Mundial de las Misiones, inspirándose en la carta apostólica Porta fidei y en el mensaje que Benedicto XVI ha entregado a la Iglesia: “Misioneros de la fe”. Se trata de subrayar que los verdaderos protagonistas de la actividad misionera de la Iglesia son los llamados a anunciar el Evangelio a quienes aún no lo conocen. Ellos representan la identidad más genuina de los Doce a quienes Jesús llamó para estar con Él y anunciar el Reino.
Misioneros porque han sido llamados. En la historia personal de cada uno de ellos hay una llamada y una respuesta. Un debate interior en el discernimiento de la vocación y en la radicalidad de la disponibilidad. Por tanto, la palabra “misionero” –que implica una misión– debe ser usada con mucha propiedad, y ser reservada a aquellos que viven esta experiencia de entrega. Además, el misionero es enviado como mensajero. Solo aquellos que han partido a la otra orilla con el encargo de anunciar el Evangelio merecen ser llamados misioneros. Han sido enviados como lo fueron los apóstoles, y han marchado sin fecha de caducidad y equipamiento para el camino. Ellos, los misioneros, no necesitan equipaje… ni oro ni plata. Como Pedro y Juan, solo dan lo que tienen: “En nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda” (Hch 3,6). No deberían aplicarse el título de misioneros quienes se quedan guardando aquí su equipaje, o los que marchan por motivos personales, aunque sean muy nobles y respetables. 
La misión del misionero es suscitar la fe, facilitar el acceso a Dios. Por eso, el misionero es el creyente por excelencia. En la medida que el misionero vive hondamente su fe, es testigo de Dios. “La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo [...] en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos” (Porta fidei, 7). Esta es la misión encomendada al misionero y la que define su identidad. 
Contemplemos con agradecimiento a tantos misioneros que, como testigos de la fe, no desean otra cosa que servir desde el silencio a los más pobres. Ellos han de ser los protagonistas.

D. Anastasio Gil García
Director Nacional de OMP - España
Revista Misioneros Tercer Milenio, Octubre de 2012

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