5/11/12

Año de la Fe un camino de Misión

La carta apostólica Porta fidei de convocatoria del Año de la fe ofrece una iluminadora síntesis de lo que significa a creer en Cristo. En ella el papa Benedicto XVI pone claramente de manifiesto la relación que hay entre la fe en Cristo y el compromiso por llevarle a todos los hombres. Una enseñanza que hay que recordarse siempre para que no decaiga el impulso misionero de toda la Iglesia. 
La puerta de la fe, que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida”. Benedicto XVI, Porta Fidei, n. 1

Reflexiones desde la Misión sobre el Año de la Fe, con una lectura en profundidad de la carta apostólica Porta Fidei.
 
Leer carta Apostólica Porta Fidei


Una nota dominante de esta carta es la de presentar la fe en Cristo como un camino. Se trata del camino personal que hace el cristiano y el camino que recorre la Iglesia en este mundo para llegar a todos los hombres y pueblos: la fe en Cristo nos pone en camino hacia el encuentro con Él y hacia la misión. Es la idea programática del pontificado de Benedicto XVI que expresó en la homilía de inicio de su ministerio y que la carta recoge: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud» (n. 2).

La carta muestra como la fe se suscita con el anuncio de la Palabra por parte de la Iglesia y la acogida en el corazón por parte de la persona. Con el bautismo comienza el camino personal de fe que continúa a lo largo de toda la vida y sólo concluye con el paso definitivo a compartir la gloria del Resucitado (n. 1). A lo largo de este camino es esencial el testimonio de vida que el cristiano ha de dar (n. 6), manteniendo en sus gestos y sus actos siempre el compromiso de su bautismo (n. 9). Por eso dice el Papa que la fe es “compañera de vida” (n. 15). La vida de fe del cristiano es una vida alimentada “con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos” (n. 3); la fe que llevada a la práctica cotidiana hace vivir la vida nueva que Cristo nos ofrece (n. 6) y es “el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación” (n. 3). Así se convierte en un fuerte testimonio de Cristo para los demás, como lo confirma el ejemplo de tantos cristianos a lo largo de toda la historia de la Iglesia, testigos de la fecundidad que tiene la fe (n. 7) para la Iglesia, los pueblos las sociedades, las culturas, etc. (n. 13). Porque, como el Papa repite constantemente, la fe es continuo camino de encuentro con Cristo marcado por la alegría de creer y el entusiasmo; así el creer en Cristo es un contagio a los otros que les transmite la fe y que conduce al creyente a participar de la misión universal de la Iglesia. La vida de fe alimenta el amor y produce frutos de misión: “El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar” (n. 7).

En la carta el Papa echa una mirada a la historia de la Iglesia y a tantos testigos de la fe. De la mirada confiada a la historia de la Iglesia se desprende también la responsabilidad con la misión de la Iglesia que cada cristiano tiene en el momento actual. “También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia” (n. 13). Es cierto -y el Papa lo resalta- que la fe en Cristo ya no es un presupuesto en muchos lugares, aun de muy antigua evangelización (n. 2), sino que es incluso negada en bastantes ocasiones y que hay una fuerte crisis cultural e incluso de la propia fe. Y, sin embargo, la fe sigue siendo la respuesta a la búsqueda del sentido de la vida y de la verdad de la existencia que está inscrita en el corazón de toda persona humana (n. 10). Es, por eso tarea urgente de la Iglesia mostrar hoy más que nunca que “entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad” (n. 12).

Por eso la fe no es sólo importante en el sentido personal; ello llevaría a reducirla a mera creencia u opinión o a una opción exclusivamente privada. La fe tiene una dimensión social y repercusiones públicas: “Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso” (n. 10). Haciendo mención a las diferentes efemérides que se conmemoran (50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, recuerdo del Año de la fe de 1967 y 20º aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica) así como a la celebración de la Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización, el Papa invita a que también nosotros testimoniemos “los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes […] de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado” (n. 4).

La urgencia por comunicar el Evangelio de Jesucristo surge de la caridad del mismo Cristo (n. 14), pues la fe nos hace ver al Señor en los más humildes, pobres, necesitados... y nos mueve a servirle en ellos. La fe impulsa al creyente a devolver a Cristo el amor que de Él ha recibido en la forma de la entrega humilde y alegre a los que sufren cualquier tipo de necesidad; de forma especial a los que no le conocen ni han experimentado su amor. Viviendo el amor que tiene su fuente en la fe, la Iglesia se capacita cada vez más para ser evangelizadora en un mundo que presenta retos de gran envergadura: “La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo” (n. 7). Se puede, pues, concluir con estas elocuentes palabras del Papa: “«Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe” (n. 7).


Juan Martínez 
Obras Misionales Pontificias España

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