11/12/12

¿Pastores o pescadores?


El Evangelio recoge referencias de Jesús a la labor del pastor y del pescador para referirse a aquellos a quienes ha llamado para el ministerio apostólico. De sus labios salen expresiones como “desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5,10) o “pastorea mis ovejas” (Jn 21,16). Desde entonces, la imagen tanto del pastor como del pescador es un obligado referente para describir la tarea específica de la “llamada” a evangelizar.
La labor del misionero, enviado por Dios a anunciar el Evangelio allí donde este aún no es conocido, bien puede describirse con una u otra imagen. Todo depende de la intencionalidad u oportunidad de este recurso pedagógico.
Pastor es la persona que tiene el encargo de cuidar el rebaño que le ha sido encomendado. El buen pastor entrega la vida por sus ovejas, a diferencia del mercenario. Las conoce por su nombre y procura conducirlas a los buenos pastos; a la vez, está vigilante para que no corran peligro o cura a las heridas. Si advierte que alguna de ellas se ha extraviado, después de dejar al resto a buen recaudo, sale en su busca, y no ceja en el empeño hasta que la encuentra. Más aún, está atento a aquellas que pudieran hallarse fuera del rebaño, para reconducirlas dentro del redil.
El pescador asume, como tarea profesional, surcar las aguas para ir en busca de los peces que están en el mar de la vida. Sabe perfectamente el lugar donde se encuentran y el momento más oportuno para echar las redes. Después de arrastrar las redes con los peces capturados, hace una labor de discernimiento para separar los grandes de los pequeños y devolver estos a su lugar natural. La vida del pescador es sumamente arriesgada, porque renuncia a la seguridad de estar en tierra firme para “bogar mar adentro”, donde la intemperie, las adversidades y la fragilidad de su pobre barca constituyen constantes peligros para su vida.
Sin forzar las dos imágenes, es evidente que el pescador refleja a la perfección la tarea del misionero. En su interior ha escuchado la voz del Señor: “Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca” (Lc 5,4). Vive la experiencia de abandonar esa seguridad de permanecer en tierra, para faenar con el viento a favor, pero otras muchas veces en contra, sabiendo que el timón lo lleva el Maestro. Es consciente de que en las profundidades está la pesca deseada para ofrecérsela al Señor, aunque en modo alguno tiene garantizado el fruto. Es más, con alguna frecuencia vive la incertidumbre de la tempestad y la pequeñez de su barca. Sin embargo, ha puesto su confianza más en la voz de su Señor –“Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis” (Jn 21,6)– que en sus propias fuerzas o experiencias. Y al comprobar que la pesca es grande y pura gratuidad, acude a la Iglesia, a los demás, para llevar los peces a la orilla.
También ahora sigue resonando la voz de Jesús que llama y envía nuevos pescadores para que echen las redes en el mar del mundo. Y aunque la llamada es personal, la labor es conjunta. El misionero, como el pescador, necesita de los demás. No es el pescador que en la orilla espera a que pique el pez.
Tal vez la imagen del pescador en alta mar muestre, mejor que la del pastor, la belleza de la tarea del misionero. De hecho, entre los Doce, parece que había más pescadores que pastores.

Anastasio Gil García
Director Nacional de OMP - España
Revista Misioneros Tercer Milenio, Diciembre de 2012
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