26/2/13

Benedicto XVI y América Latina


Un renovado espíritu misionero en América


Recordaba en su intervención el pasado jueves en las Jornadas de empleados y voluntarios de las Obras Misionales Pontificias el P. José Tola, de la Pontificia Comisión para América Latina, que la evangelización es una realidad dinámica y que Latinoamérica es portadora del evangelio y a la vez puede mucho aportar a la misión universal de la Iglesia.



A la pregunta ¿cuál es esa aportación de la Iglesia en América Latina y del continente americano en general al mundo? La respuesta es que América Latina es una realidad única. Lo es por el hecho de que se trata de una síntesis viviente de fe y cultura, que es el resultado no de la superposición de la fe a la cultura, sino de la fusión de distintas realidades para dar origen a algo nuevo. La fe cristiana es el alma de todo ello; es el elemento unificador y purificador. Aunque se trata de un proceso no terminado, sino en permanente evolución. Y citó el comienzo del Discurso de Benedicto XVI a los Obispos de América reunidos en Aparecida: “La fe en Dios ha animado la vida y la cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos. Del encuentro de esa fe con las etnias originarias ha nacido la rica cultura cristiana de este continente expresada en el arte, la música, la literatura y, sobre todo, en las tradiciones religiosas y en la idiosincrasia de sus gentes, unidas por una misma historia y un mismo credo, y formando una gran sintonía en la diversidad de culturas y de lenguas”. En aquel momento Benedicto XVI también recordaba la situación actual por la que pasa la Iglesia en América y decía: “En la actualidad, esa misma fe ha de afrontar serios retos, pues están en juego el desarrollo armónico de la sociedad y la identidad católica de sus pueblos”. Benedicto XVI invitó a no retroceder hacia un pasado utópico, sino a mirar hacia adelante, imitando “la sabiduría de los pueblos originarios les llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían” como aquello que propiamente América Latina podía ofrecer a la Iglesia y al mundo al inicio de este tercer milenio.

América para ser evangelizadora debe volver a sus raíces: ver cómo fue evangelizada y situarse en la misma corriente que la evangelizó para ser ella misma evangelizadora. La evangelización inicial tuvo un fuerte impacto religioso y cultural que propició el mestizaje, en un principio de las culturas locales, pero luego también de las africanas y otras que llegaron al Continente. El impulso de todo ello fue la evangelización inicial. Esto es lo que ya resaltó en su momento el beato Juan Pablo II: la primera evangelización marco el estilo de América Latina, de su religión y de su cultura, y el núcleo fue la fe cristiana, dando frutos en las personas de santidad, de promoción humana y social y de cultura. Ahora es el momento en el continente americano debe retomar el contacto con las raíces cristianas que el constituyen, ya que, como dice el Documento de Aparecida, la fe en Cristo es la fuerza que hizo de América el continente de la esperanza y esa debe ser su aportación hoy también.

Este profundo deseo de Benedicto XVI para América Latina es lo que expresó también en su última intervención en relación con el continente el pasado mes de diciembre con motivo del congreso internacional organizado por la Pontificia Comisión para América Latina (en vísperas de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe): “El amor de Cristo nos urge a dedicarnos sin reservas a proclamar su Nombre en todos los rincones de América, llevándolo con libertad y entusiasmo a los corazones de todos sus habitantes. No hay labor más apremiante ni benéfica que ésta. No hay servicio más grande que podamos prestar a nuestros hermanos. Ellos tienen sed de Dios. Por ello es preciso asumir este cometido con convicción y gozosa entrega”. Por eso, el Papa invitaba a toda la Iglesia en América a renovar el espíritu misionero: “Un renovado espíritu misionero y el ardor y generosidad de vuestro compromiso serán una aportación insustituible que la Iglesia universal espera y necesita de la Iglesia en América”.
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