27/3/13

El Triduo Pascual luz para la Misión


Celebrar el Triduo Pascual en el Año de la Fe supone que intensifiquemos el esfuerzo por renovar la gracia del bautismo recibido para comprometernos a vivir la vida cristiana más intensamente y ser testigos del Señor Resucitado.



Atravesar «la puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27) supone emprender “un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4) […] y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22)” dice la carta apostólica Porta fidei.

La fe es el gran don que recibimos de Dios: “el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo” (PF 10). Precisamente por ser don de Dios, exige ser proclamada a los demás con valentía; junto con la fe se nos da el don de la misión: “Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso” (ibíd.).

Para vivir y confesar la fe Benedicto VI ve el Año de la fe como “una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza” (PF 9).

En este Triduo Pascual vamos a celebrar el Jueves Santo la solemne misa en la que recordamos la Última Cena y la institución de la Eucaristía. Se trata de una extraordinaria ocasión para alimentar nuestra fe en la presencia de Jesús en el Sacramento, pero también en lo más humildes y necesitados. El rito del lavatorio de los pies en el contexto de la institución de la Eucaristía es muy elocuente y nos invita a sacar las necesarias consecuencias para la misión: la caridad es el alma de la misión y “es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar” (PF 7), sobre todo a los más necesitados. De la celebración de la Eucaristía saca la Iglesia en todo momento la fuerza para Evangelizar: “El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo” (ibíd.).

La misión se lleva a cabo con la sola fuerza del amor de Dios, que alcanza su máxima expresión en la Cruz, la cual veneramos solemnemente el Viernes Santo. Decía el papa Francisco el Domingo de Ramos: “Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. […] ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. […] Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte”. Tomar la propia cruz cada día es la condición indispensable para ser misionero. Jesús desde la cruz invita a sus discípulos a ser misioneros participando de su mismo amor misericordioso, que carga con las debilidades del cada uno y el mal del mundo para conducirlos a la vida nueva de la pascua en la resurrección. Ésa es la gran dicha de la evangelización y del misionero.

Así se llega a la celebración de la Vigilia Pascual, noche de luz y de vida. Benedicto XI invitaba a los cristianos a ser luz, a hacer brillar “la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó” (PF 6). La misión es alimentarse del Señor presente en su Palabra y en la Eucaristía para, abrazados a su Cruz, ser testigos de la vida nueva del Resucitado. Por eso la Iglesia no puede dejar de evangelizar. “La Iglesia continúa su peregrinación ‘en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios’ (san Agustín), anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz” (LG 8).

“Invoquemos -decía el Papa Francisco en el Ángelus del Domingo de Ramos- la intercesión de la Virgen María para que nos acompañe durante la Semana Santa. Que ella, que siguió con fe a su Hijo hasta el Calvario, nos ayude a caminar tras él, llevando con serenidad y amor su cruz, para llegar a la alegría de la Pascua”.
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