8/11/13

Año de la Fe, Año Misionero

A punto de clausurarse el Año de la Fe, siguen resonando las palabras que Benedicto XVI escribió en la carta apostólica Porta fidei: “Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra”.

Ha sido un largo recorrido, iniciado el 11 de octubre de 2012. Con ocasión y sin ella, la Iglesia nos ha ido exhortando al compromiso misionero, porque “la fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos”.

En esta exhortación al compromiso misionero se descubre la intrínseca relación entre la fe y la misión. Por eso, el papa Francisco comenzó su Mensaje para el DOMUND con estas palabras: “Este año celebramos la Jornada Mundial de las Misiones mientras se clausura el Año de la Fe, ocasión importante para fortalecer nuestra amistad con el Señor y nuestro camino como Iglesia que anuncia el Evangelio con valentía”; para concluir el documento con el mismo deseo de Benedicto XVI de que “este Año de la Fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues solo en Él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero”. Así, el Año de la Fe será “un estímulo para que toda la Iglesia reciba una conciencia renovada [...] de su misión entre los pueblos y las naciones”.

Lo que el papa Francisco ha dicho, lo ha ratificado con gestos y signos. Al evocar las palabras de Pablo a Timoteo para que no se avergonzara de dar testimonio de Jesús, el Santo Padre se refiere a cada uno de los cristianos: “Cada uno de nosotros, en la propia vida de cada día, puede dar testimonio de Cristo, con la fuerza de Dios, la fuerza de la fe. Con la pequeñísima fe que tenemos, pero que es fuerte. Con esta fuerza dar testimonio de Jesucristo, ser cristianos con la vida, con nuestro testimonio”. Compromiso misionero que en el creyente, en las personas que se dejan transformar por la fe, tiene una connotación de alegría y esperanza, como deseaba Pablo VI: “Que el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo”.

Esta es la señal de identidad de los jóvenes que responden a la vocación misionera, y que descubrimos al contemplar y admirar el rostro, pletórico de paz y de alegría, de los misioneros. No son reconciliables la tristeza y el pesimismo con quienes tienen la certeza de llevar la esperanza al mundo. Transmitir la fe es sembrar la alegría, la concordia y la paz en el corazón de quienes están llamados al encuentro con Jesucristo. Esta es la grandeza de los misioneros, hombres y mujeres que no son para nosotros seres abstractos, sino personas capaces de susurrar al oído que es posible creer en Dios.
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