7/12/13

Misión es relanzar la esperanza

El Adviento es un tiempo privilegiado para vivir la misión: en Adviento y en Navidad el Señor llega a nosotros; no faltará a la cita. Pero Él quiere que otros también -¡todos!- lo conozcan y lo acojan; quiere llegar a otros también por medio de nosotros. ¿Cómo hacerlo? Haciéndonos sus discípulos y misioneros.

El 2º Domingo de Adviento coincide este año con la festividad de la Inmaculada Concepción, ofrecemos una reflexión misionera la liturgia de este día elaborada por el P. Romeo Ballán.

Relanzar la esperanza es siempre una tarea difícil. Tres personajes típicos del tiempo de Adviento lo lograron. Hoy relanzan para nosotros la esperanza y nos preparan al encuentro con Cristo: son el profeta Isaías, Juan el Bautista y María. Cada uno de ellos tiene una relación misionera especial con el Salvador que viene: Isaías lo preanuncia, Juan lo señala ya presente, María lo posee y lo dona. También otros “pobres de Yahvé” del Primer Testamento vivían a la espera de un Mesías, aunque para muchos la espera resultaba confusa y mezclada de esperanzas humanas. El mensaje de esos tres personajes es actual y necesario también para nosotros hoy

En efecto, también hoy la esperanza es un valor en crisis de contenidos, porque muchos desconocen lo que más necesitan para conseguir el crecimiento y desarrollo integral de su persona. En una pieza teatral emblemática de nuestro tiempo, el escritor irlandés Samuel Beckett, Premio Nobel de Literatura (1969), denuncia lo absurdo de la condición humana: la obra Esperando a Godot se desarrolla en la larga espera de un personaje importante, pero desconocido, con perfil y trazos nebulosos. Cuando ya se anuncia que ese personaje está a punto de llegar, la espera baja de tono, su presencia desvanece. El encuentro no se da. No ha pasado nada. La larga espera ha sido en vano. ¡Pura ilusión!

Nada que ver con la esperanza cristiana, que es un dinamismo de apertura y de encuentro con una Persona conocida, de la cual uno se siente profundamente amado: es el Salvador de todos, con un nombre y un rostro bien definidos. Se llama Jesucristo. Él es el centro del anuncio misionero de la Iglesia. El Papa Francisco, en su reciente documento sobre “La Alegría del Evangelio”, invita a todos a no quedar presos de las cosas terrenas, sean muchas o pocas, porque estas provocan solo tristeza y cerrazón egoísta; mientras el encuentro personal con Jesucristo trae gozo y esperanza, abre a la misión. (*)

La “esperanza cristiana” es el tema de la segunda encíclica del Papa Benedicto XVI, Spe Salvi (en esperanza fuimos salvados – Rm 8,24). Si la caridad es el corazón de la fe cristiana -porque ¡Dios es amor!-, la esperanza es el dinamismo que la mantiene viva en el tiempo y en el espacio; es el alma que sustenta el anuncio misionero del Evangelio en cada época y entre todos los pueblos. El Papa lo demuestra también con la historia emblemática de Santa Josefina Bakhita (1869-1947), la cual fue esclava en Darfur, secuestrada por “traficantes de esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán”; luego logró ser plenamente libre y salvada: en el cuerpo y en su dignidad como persona, y más tarde también en calidad de bautizada y de religiosa. Ella se sentía conocida, amada y esperada por su Señor, al que empezó a llamar su nuevo y único Patrón supremo. De esta experiencia nacía en ella el ardor misionero: estaba convencida de que “la esperanza que en ella había nacido y la había «redimido» no podía guardársela para sí sola; esta esperanza debía llegar a muchos, llegar a todos” (Spe Salvi, n. 3). (Cronológicamente, la sudanesa Bakhita pertenecía al territorio y a la época en que S. Daniel Comboni era obispo de Sudán, aunque no consta que los dos se hayan encontrado).

El primer personaje del Adviento, el profeta Isaías (I lectura), ocho siglos antes de Cristo, en tiempos de violencia y desolación, fue capaz de cantar la esperanza en un futuro de vida, reconciliación y prosperidad para su pueblo. En situaciones análogas de sufrimiento, también otro joven profeta, Jeremías, fue capaz de ver el almendro en ciernes (Jer 1,11). Allí donde todos ven solo negatividad, los profetas ven más allá, lejos, una historia y una esperanza diferente: la historia de Dios que lleva a todos a la salvación. Isaías veía despuntar un retoño, que en seguida fue lleno del multiforme espíritu del Señor (v. 1-3). Y describe el estupendo jardín de la convivencia pacífica de los seres vivientes (animales y personas humanas) entre sí y con la creación (v. 5-9). Tan solo un pueblo que vive así, en la justicia y armonía de relaciones, tiene algo positivo que decir a los otros, puede llegar a ser un “estandarte de pueblos” (v. 10). Tan solo así tendrá algo hermoso y verdadero que compartir en el concierto de las naciones. ¡Y se convierte en comunidad misionera! Entre las notas de ese pueblo en paz dentro y fuera, S. Pablo (II lectura) incluye la capacidad de acogerse mutuamente como nos acogió Cristo (v. 7), por su misericordia (v. 9).

El segundo personaje del Adviento, Juan el Bautista (Evangelio), profeta austero e interiormente libre, con palabras de fuego prepara el camino del Señor que viene detrás de él, bautiza “con agua para la conversión”, anunciando la presencia de uno que es más fuerte que él, el cual “bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego” (v. 11). Por eso, Juan grita: “Conviértanse” (v. 2).

Ya existe una criatura plenamente convertida, es decir, totalmente orientada hacia Dios, llena de Espíritu Santo: es, ejemplarmente, María, toda pura, sin mancha; es la Inmaculada (fiesta el 8 de diciembre). En La Vang, cerca de la antigua ciudad imperial de Hué, en el centro de Vietnam, he visitado un santuario mariano, donde la Virgen se apareció en 1798, en tiempo de persecuciones contra los cristianos, llevando un mensaje de consuelo y de esperanza. Es un mensaje que va bien igualmente para nosotros en el camino hacia la Navidad: “Tengan fe, hijos míos, acepten los sufrimientos con paciencia. Yo escucho siempre vuestras peticiones. Si alguien viene a rezar conmigo, escucharé sus oraciones”. María ha acogido a su Señor y le ha dado un cuerpo humano; ahora lo ofrece a todos, incluso a aquellos que todavía no lo conocen.

Palabras del Papa Francisco en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 24 de noviembre de 2013, n. 2-3.


(*)  “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida... Invito a cada cristiano a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”.
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