5/12/13

Dimensión social de la evangelización

La exhortación Evangelii gaudium es un documento de índole pastoral y dedicado al impulso misionero que el papa Francisco quiere dar a toda la Iglesia.



En este sentido dice expresamente que “éste no es un documento social, y para reflexionar acerca de esos diversos temas tenemos un instrumento muy adecuado en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuyo uso y estudio recomiendo vivamente” (n. 180). La intención del Papa es otra: mostrar las consecuencias sociales que tiene el kerigma. Porque la evangelización tiene una dimensión social y “si esta dimensión no está debidamente explicitada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” (n. 176).

El Papa recuerda que la propuesta de Jesús en el Evangelio es el reino de Dios (cf. Lc 4,43), en la misma línea de los últimos documentos pontificios dedicados a la evangelización y la misión. “Se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales” (n. 180). Fiel al propósito de la exhortación apostólica, el Papa no pretende abordar los temas sociales con la pretensión de aportar soluciones. Más bien se centra en las cuestiones para las que piensa que el Evangelio puede hacer una contribución importante: la inclusión social de los pobres y la paz y el diálogo social (n. 185).

El Papa mostrado muchas veces la relación que hay entre la fe cristiana y los pobres (n. 48). Aquí insiste: “Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo” (n. 194). Y recordando a san Pablo dice que “el criterio clave de autenticidad que le indicaron fue que no se olvidara de los pobres (cf. Ga 2,10)”, para “no correr en vano” (cf. Ga 2,2). El Papa afirma que en el contexto social de individualismo que se contagia en la Iglesia este criterio es de gran actualidad y que “no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (n. 195). Porque “para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica” (n. 198). El Papa pide que no se quede en acciones o programas, sino que se les dedique una verdadera atención (n. 199) y denuncia que “la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual”, por eso “la opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria” (n. 200). Frente a esta urgencia no puede haber excusas de nadie en la Iglesia (n. 201). En el plano económico el Papa urge a resolver los problemas estructurales, viviendo la solidaridad (n. 202); así mismo recuerda la vocación del empresario y del político para realizarla en la vida social, económica y política por el bien común de todos, en sentido universal: “La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero” (n. 206). A continuación el papa Francisco detalla las situación de vulnerabilidad que le parecen más urgentes, “cuidar la fragilidad” (nn. 209ss), porque “es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente” (n. 210).

Para el Papa la paz sobrepasa la concepción negativa de ausencia de conflicto y la pone en relación con el concepto de “pueblo”, que supone “un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada”; además “exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía” (n. 220). Es de esta manera que se consigue la meta de la paz. Para ello propone cuatro sabios postulados que desde el Evangelio contribuyen a lograr la paz: “El tiempo es superior al espacio”, o sea, vivir con perspectiva de futuro; “La unidad prevalece sobre el conflicto”, que es “aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso” (n. 227); “La realidad es más importante que la idea”, porque “la idea —las elaboraciones conceptuales— está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad” (n. 232), así que “este criterio nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda” (n. 233); y, el último, “El todo es superior a la parte”, porque no hay que “obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos” (n. 235).

Finalmente el Papa habla del diálogo social como contribución a la paz, ofreciendo su aportación: “Para la Iglesia, en este tiempo hay particularmente tres campos de diálogo en los cuales debe estar presente, para cumplir un servicio a favor del pleno desarrollo del ser humano y procurar el bien común: el diálogo con los Estados, con la sociedad —que incluye el diálogo con las culturas y con las ciencias— y con otros creyentes que no forman parte de la Iglesia católica” (n. 238), deteniéndose en el diálogo ecuménico, con el Judaísmo y el interreligioso en el contexto de la libertad religiosa.

Concluye finalmente el Papa que su intención no es la de dar soluciones a los graves problemas sociales de nuestro tiempo sino: “explicitar una vez más la ineludible dimensión social del anuncio del Evangelio, para alentar a todos los cristianos a manifestarla siempre en sus palabras, actitudes y acciones” (n. 258).

Juan Martínez
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