4/12/13

El anuncio explícito del Evangelio

El capítulo tercero de la Evangelii Gaudium está dedicado al “El anuncio del Evangelio”.



“Después de tomar en cuenta algunos desafíos de la realidad actual, quiero recordar ahora la tarea que nos apremia en cualquier época y lugar, porque «no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor», y sin que exista un «primado de la proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización» (EAs 19)”. Y concluye el Papa: “Esto vale para todos” (n. 110).

Francisco lo toma muy en serio y recuerda que “todo el pueblo de Dios anuncia el Evangelio”, pues la salvación es obra de la misericordia de Dios y es pura gracia, la Iglesia “colabora como instrumento de la gracia divina que actúa incesantemente más allá de toda posible supervisión” (n. 112). “Es para todos” (n. 113) y la Iglesia debe ser “fermento de Dios en medio de la humanidad” (n. 114). Coherentemente el Papa saca las consecuencias en el ámbito de las culturas: “No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde […] el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural” (n. 117). También sobre el protagonismo evangelizador de todos los bautizados: “La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” (n. 120) y la piedad popular: “En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar” (n. 126). El Papa resalta el valor de la transmisión de la fe “persona a persona”: “Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar” (n. 127) y de los carismas en la Iglesia que hay que agradecer porque “sólo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad” (n. 131). Termina señalando las implicaciones en el ámbito de la cultura (n. 132), el pensamiento (n. 133) y la educación (n. 134).

Muy significativa es la segunda parte sobre la homilía. En ella se detiene “particularmente, y hasta con cierta meticulosidad” también en los detalles de su preparación. La razón es muy importante “porque son muchos los reclamos que se dirigen en relación con este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos” (nn. 135ss). Esta parte, junto con la tercera, “la preparación de la predicación”, muestran claramente la intencionalidad renovadora que tiene el Papa con la exhortación para responder hasta en los más pequeños detalles de la pastoral a los desafío del mundo de hoy. Francisco pormenoriza en el fondo y en la forma de la predicación para que sea eficaz y mueva los corazones al encuentro con Dios en su Palabra.
El Papa con mucho acierto muestra que una evangelización misionera y basada en lo esencial del anuncio explícito de Jesucristo, y en base a esa misma dinámica, conduce a “una evangelización para la profundización del kerigma” (cuarta parte): “el primer anuncio debe provocar también un camino de formación y de maduración” (n. 160). La maduración implica el conocimiento doctrinal pero sobre todo “el crecimiento en el amor” (n. 161). El Papa insiste en la necesidad de “una catequesis kerygmática y mistagógica” (nn. 163-68), siempre junto al acompañamiento personal de los procesos personales (nn. 169-73), teniendo en cuenta que se hace siempre “en el ámbito del servicio a la misión evangelizadora” (n. 173) y “en torno a la Palabra de Dios” (nn. 174s), superando “aquella vieja contraposición entre Palabra y Sacramento”.
Juan Martínez

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