6/12/13

Evangelizadores con espíritu

El capítulo de la espiritualidad misionera es el último capítulo de Evangelii gaudium, aunque en realidad la idea es el hilo conductor de toda la exhortación apostólica.


Desde el principio el Papa denuncia que: “El gran riesgo del mundo actual […] es una tristeza individualista […] Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente” (n. 2). De ahí la invitación dirigida a los cristianos “a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él” (n. 3).

El Papa de nuevo tiene conciencia de no descubrir nada nuevo, porque ya hay “ya valiosos textos magisteriales y célebres escritos de grandes autores” (n. 260). Sólo quiere recordar que “una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos” por eso se queda en el modesto propósito de “algunas motivaciones y sugerencias espirituales” (n. 261). En la misma línea de toda la exhortación apostólica, el papa Francisco no pretende hacer un gran tratado acerca de la espiritualidad misionera. Se trata de indicaciones muy sencillas y prácticas a la vez, que tienen un marcado tono personal y que humildemente propone a todos los cristianos para ser evangelizadores con “espíritu”, o sea, con “móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria” (n. 261).

Francisco ofrece una importante síntesis de espiritualidad contemplativa y misionera a la vez (n. 262), proponiendo el ejemplo de los primeros cristianos y de los santos para “recuperar algunas motivaciones que nos ayuden a imitarlos hoy” (n. 263). El punto de partida es, pues, una gran síntesis entre la contemplación y la acción apostólica: “La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. […]Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás” (n. 264).

La segunda motivación la llama el Papa “el gusto espiritual de ser pueblo”, porque “la misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” (n. 268). “Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo […] Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos […] Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad” (n. 269).

Otra motivación es la fuerza de la fe en la acción del Resucitado y del Espíritu: “Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive” (n. 275). “La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia” (n. 278) y además “para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26)” (n. 280).

Por último el Papa afirma: “Hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la intercesión” (n. 281); frente a una mirada superficial y simplona sobre este tipo de oración, el Papa dice: “podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo” (n. 283).

Este capítulo termina con el apartado dedicado a “María, la Madre de la evangelización”, como “regalo de Jesús a su pueblo” y “estrella de la nueva evangelización”. No es una mera repetición de ideas acerca de la figura de María, sino que el Papa afirma con claridad y convencimiento que “hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño” (n. 288) y por eso termina con una larga oración a María.


Juan Martínez
Obras Misionales Pontificias España

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