14/3/14

Jóvenes enamorados de la Misión

Blanca Serres,como muchos otros jóvenes, se ha enamorado de la misión. Decidió, de forma desinteresada, entregar un mes de su vida para ayudar a los que más lo necesitan en un país como Honduras.


Blanca, que también participó en el Encuentro Misionero de Jóvenes del año pasado, nos cuenta en este testimonio lo que ha significado para ella vivir estas experiencias misioneras.

Los motivos que me llevaron a hacer el viaje a la misión
Mi padre había muerto hacía unos años, y en ese tiempo yo estuve muy preocupada sobre el sentido de mi fe. Creía en Jesús y en la vida más allá de la muerte, pero no tenía claro si estaba creyendo por necesidad, por culpa de mis circunstancias o como una especie de homenaje a la educación que mi padre nos había dado. Durante el mes de abril de 2011, tuve la oportunidad de charlar amistosamente con el padre Simó, responsable de la pastoral juvenil, y me animó a emprender esta experiencia. Nunca me había planteado hacerla, y no tenía muy claro qué sentido podía tener para mí pero pensé que si Dios estaba proponiéndome algo, no podía hacer oídos sordos.

Mi destino
Un grupo de jóvenes de Tarragona visitamos Honduras el verano de 2011, pues el obispo de una de sus diócesis, Lluís Solé i Fa, es natural de esta ciudad catalana y existía una conexión (que nunca ha perdido) con las delegaciones de Jóvenes y de Misiones del Arzobispado.
Apenas nos conocíamos entre nosotros, y preparamos el viaje junto con los encargados de la pastoral juvenil y el mismo obispo. La idea era colaborar en el proyecto IHER (Instituto Hondureño de Educación por Radio) que trata de hacer llegar la educación a todo tipo de personas que viven alejadas de centros educativos en la selva. Junto con algunos sacerdotes y hermanas pudimos, además, recorrer parte de la Diócesis de Trujillo en las visitas pastorales y entender la manera de vivir la fe de sus comunidades.

Mi experiencia misionera
Mi viaje a Honduras fue como un viaje al corazón de muchas personas, incluido al de mis compañeros y al mío propio. Honduras es un país con graves problemas de narcotráfico, extorsión y corrupción política. San Pedro Sula es la ciudad más insegura del mundo. Los accesos a la cultura, la educación, el trabajo… están supeditados a los intereses de unos pocos. Pero en medio de la criminalidad, la pobreza y la falta de recursos, sobrevive la energía más poderosa y renovable de este mundo que es el amor. Quedamos impresionados de la enorme capacidad de acogida de sus gentes, las familias nos abrieron las puertas de sus humildes hogares y nos hicieron entrar en ellos como uno más. Nos dieron lo más íntimo y querido de sí mismos para tratarnos como a un verdadero hermano. En ellos encontramos a Dios, y en ellos sentimos reales y palpables tantos pasajes del Evangelio.
Conocimos a muchas personas a las que sentimos como hermanos desde el primer momento, pues ellos tenían una gran capacidad para hacerte sentir querido, para abrazar, para expresar la alegría de su fe y para levantarse cada mañana con coraje y confianza en el mundo y en el hombre. Recordarles me llena de emoción, pues sentí que día tras día mi capacidad para amar también se ensanchaba, como si pudiera añadirle Gigas y Gigas de espacio. Me hicieron un regalo muy hermoso, ver a Dios a través del hombre, del hombre amigo y del enemigo, y ser capaz de demostrar mi amor que es un don para los demás y para mí misma.

Mi invitación a los jóvenes a ser misioneros
Lo mejor que puedo hacer es abrazarles. Nos abrazamos muy poco, nos cuesta disponernos y mostrar amor. Creo que si pudiera encontrarme con un joven ahora, primero le abrazaría, el me miraría como si estuviera loca, hasta que entendiera que le quiero y que es importante para mí, porque lo es también para Dios. Y a partir de ahí todo se contagia, no hay nada más contagioso que una sonrisa, que la alegría, que el amor. En una charla, en el silencio, en un encuentro… son ocasiones maravillosas e íntimas para hablarle al joven de que la misión te sintoniza con el mundo, un mundo de Dios del que debemos responsabilizarnos. Un mundo de hermanos que están sufriendo y a quienes debemos escuchar para acudir en su ayuda en la medida de nuestras posibilidades. Pero para hablarle al joven del mundo, primero hay que hablarle sobre él mismo.

Mi vida después de vivir la misión
Me he reconciliado conmigo misma, con otras personas y con Dios mismo. Tengo confianza en las personas. Una confianza sana que no deja lugar a la decepción, sino la que te embarga de un sentimiento de comprensión y de perdón, de esperanza en la unión, de trabajo en equipo y de poner a disposición de otros los dones de cada uno.
Allí me reencontré con mi padre, lo sentí cerca pese a la lejanía de lo familiar y lo conocido. No me he vuelto a separar de él y de la firme convicción de que sigue con amor las letras que aquí dejo.
Ahora mismo vivo con intensidad mí día a día pero, además, he replanteado mi trabajo, mi vida profesional y mis actividades. Sí, ahora pienso en lo que puedo aportar yo, y no en lo que me aportan otros. Así se construye, así se trabaja por la paz.


Blanca Serres


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