6/3/15

Cuaresma y Misión: III domingo

Cuaresma: En el Cuerpo de Cristo no hay lugar para la indiferencia




“En la Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia” dice el Papa Francisco en el Mensaje de este año para la Cuaresma; palabras en las que resuena lo que dice Jesús en el evangelio de este domingo: “«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» […] Hablaba del templo de su cuerpo”.

El Papa nos recuerda una verdad que olvidamos con demasiada frecuencia: que nos convertimos en el cuerpo de Cristocuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía”. Jesús resucitado nos ha unido a sí mismo de forma tan estrecha e íntima que san Pablo usa la imagen del cuerpo humano: el cuerpo está firmemente unido a la cabeza y de ella recibe la vida. Jesús, la cabeza, alimenta a su cuerpo, que es la Iglesia, con su Palabra y con los sacramentos. De esta manera la vida de Cristo fluye en todo su cuerpo. Y esta vida -lo sabemos- es el amor con que Cristo se entrega por la Iglesia y por toda la humanidad.

Por eso, el papa Francisco nos recuerda que en la Iglesia, cuerpo de Cristo, “no hay lugar para la indiferencia”. Pero -como denuncia en el Mensaje- también los cristianos sufrimos la tentación de la indiferencia “que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones”. Esto es algo contradictorio con el ser cristiano y la naturaleza de la Iglesia: “Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26)”. Vivir la vida de Cristo en comunión con la Iglesia es el antídoto más eficaz contra la indiferencia, ya que ella es su cuerpo y abarca a toda la humanidad.

Para vencer la tentación de la indiferencia, es necesario el examen de conciencia de las comunidades cristianas; ver si de verdad nos reconocemos como el Cuerpo de Cristo y vivimos como tal. El papa Francisco lanza estos interrogantes: “¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos?”.

La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres”. Ser el Cuerpo de Cristo es ser su presencia viva y activa en medio de los hombres. Los misioneros y misioneras prolongan su amor hacia todos los hombres y pueblos, de igual modo, los creyentes y las comunidades cristianas deben salir al encuentro del que no cree. “Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar”.


Juan Martínez,
OMP España


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