26/10/15

Clausura del Sínodo de la Familia

El Papa pide llevar la luz del Evangelio a todas la partes del mundo



El pasado sábado 24 de octubre, el Papa Francisco finalizaba el discurso de clausura de los trabajos del Sínodo explicando lo que había significado este encuentro universal para la Iglesia: “volver verdaderamente a «caminar juntos» para llevar a todas las partes del mundo, a cada Diócesis, a cada comunidad y a cada situación la luz del Evangelio, el abrazo de la Iglesia y el amparo de la misericordia de Dios”.

En realidad, más allá del tema en cuestión (en este caso el sustancial de la familia), lo que cada Sínodo pone de manifiesto es la colegialidad de la Iglesia, de una familia universal donde los obispos, como portavoces de cada pueblo, plantean el debate desde la realidad de las situaciones concretas de cada país y cada continente.

El Papa Francisco afirma que este Sínodo significa “haber escuchado y hecho escuchar las voces de las familias y de los pastores de la Iglesia que han venido a Roma de todas partes del mundo trayendo sobre sus hombros las cargas y las esperanzas, la riqueza y los desafíos de las familias”
Lo que se constata en un Sínodo es que “más allá de las cuestiones dogmáticas claramente definidas por el Magisterio de la Iglesia– hemos visto también que lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo –¡casi!– para el obispo de otro continente; lo que se considera violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede parecer simplemente confusión”.

Es algo que no asusta a la Iglesia, sabedora de que el Espíritu Santo “es el verdadero protagonista y artífice del Sínodo”. La riqueza humana que tan claramente se palpa en Roma, lo viven cada día los misioneros: “en realidad, las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general –como he dicho, las cuestiones dogmáticas bien definidas por el Magisterio de la Iglesia–, todo principio general necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado”.

El desafío permanente de esta Iglesia universal es afrontar “la inculturación como «una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en todas las culturas humanas»”, como recordó el Santo Padre refiriéndose al Sínodo de 1985, que celebraba el vigésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II.


La Iglesia comprueba, una vez más, que “a través de la riqueza de nuestra diversidad”, el desafío “es siempre el mismo: anunciar el Evangelio al hombre de hoy”. En la cuestión concreta que ha sido objeto de reflexión en este Sínodo, este anuncio tiene que ver con la defensa de la familia “de todos los ataques ideológicos e individualistas”.


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