4/11/15

Después del Domund, ¿Qué?

La Jornada Mundial de las Misiones, es un punto de inflexión en el compromiso misionero de la Iglesia, el DOMUND no tiene fecha de caducidad.




El profesor de religión de un instituto de Sevilla consideraba que el guión de formación preparado para la Jornada Mundial de las Misiones era como el pórtico para iniciar el curso. Lo decía en el contexto de  la exposición El DOMUND, al descubierto, para significar que la actividad misionera de la Iglesia era la mejor puerta de entrada para introducir a los alumnos en el misterio y en la misión de la Iglesia.

En efecto, sería un error presentar el DOMUND como una jornada más dentro del calendario litúrgico. Si así fuera, la responsabilidad misionera y evangelizadora de los discípulos del Señor quedaría reducida a una simple actividad, más o menos atractiva. Es verdad que el mes de octubre, y más concretamente, el Domingo Mundial de las Misiones, es un punto de inflexión en el compromiso misionero de la Iglesia, pero este no tiene fecha de caducidad. Se prolonga durante todo el año, durante todos los años, durante la vida. Así lo dispuso Jesús al enviar a la Iglesia hasta los confines de la tierra, sin limitación alguna de personas, lugares y tiempo.

El primer responsable de este impulso misionero es el Papa, a quien ayuda en esta misión la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. A ella le corresponde ordenar, dirigir y acompañar la actividad misionera de la Iglesia en el mundo, y lo hace a través de las Obras Misionales Pontificias presentes en las Iglesias locales. A esto se refiere Francisco cuando implica, en su reciente Mensaje con ocasión del DOMUND, a los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos como servidores de la Palabra en el inmenso campo de la acción misionera de la Iglesia, para concluir que todo bautizado está llamado a vivir lo mejor posible su compromiso misionero, según su situación personal. En este entramado evangelizador aparecen en primera línea –aunque ellos renuncien a cualquier protagonismo– los misioneros y misioneras, quienes, al anunciar el Evangelio donde este no es conocido, hacen posible el nacimiento de las Iglesias locales en formación, las llamadas Iglesias jóvenes. Ellos son los testigos privilegiados de la misericordia divina, que, en la Iglesia “en salida”, saben adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos e ir a los cruces de los caminos para mostrarles a Dios.

Su labor sería imposible sin la cooperación permanente del Pueblo de Dios, que apoya y sostiene la actividad misionera con su oración, cercanía y ayuda económica. Esta no es un simple acto de donación, sino la respuesta al reconocimiento de la corresponsabilidad entre las Iglesias y comunidades. “Tal cooperación se fundamenta y se vive, ante todo, mediante la unión personal con Cristo: solo si se está unido a Él, como el sarmiento a la vid, se pueden producir buenos frutos. La santidad de vida permite a cada cristiano ser fecundo en la misión de la Iglesia” (RM 77). La consecuencia que se deriva de este entramado eclesial es estar disponible para compartir lo que se tiene, en un fraterno proceso de donación, pero también de aceptación.

En la cooperación, el intercambio de dones no tiene un solo sentido, sino que es como los billetes de ida y vuelta. La reiterada petición de ayuda por parte de los misioneros tiene su razón de ser. Por eso, el DOMUND tiene una permanente actualidad y su mensaje no está constreñido por condicionamientos de tiempo y espacio.

Anastasio Gil, Director de OMP 
Tribuna Misionera en la Revista Misioneros Tercer Milenio

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