16/2/16

Fidel González, experto en el Acontecimiento Guadalupano

“El Papa pedirá a la Virgen de Guadalupe que de un impulso nuevo al continente americano”

Foto L' Osservatore Romano


Fidel González es misionero comboniano, experto en el Acontecimiento de Guadalupe. Gracias a su trabajo en los procesos de canonización de Juan Diego, y del niño cristero José Sánchez, explica cómo la fe mejicana resiste el temporal de la corrupción y la injusticia. La visita del Papa Francisco a Méjico, según él, busca ir al corazón del continente americano, situado en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, para pedirle por la fe en América, “continente de esperanza”.

Los Papas han mostrado una atención enorme a Méjico: Juan Pablo II viajó cinco veces, Benedicto XVI una, y ahora, el Papa Francisco. ¿A qué se debe?

         La respuesta me parece obvia; porque han visto la fuerza de la fe católica de un pueblo, que ha sabido vivirla sin buscar privilegios o fugas de sus consecuencias; pagando con la vida misma, cuando les fue exigido por las circunstancias y por las alternativas de una vivencia ambigua y mezquina de la misma. Como he podido escuchar en comentarios de algunos historiadores amigos latinoamericanos, este vivo catolicismo mexicano ha demostrado una vitalidad y una fuerza que los vientos de la corrupción, de una dirigencia social y política corrompida y al margen del catolicismo no han podido oscurecer ni arrancar. Por ello están los Mártires.

¿Qué cree que puede aportar el Papa Francisco, primer Papa americano, al pueblo mejicano?
         El Papa Francisco mismo lo ha dicho: llegar al corazón del Continente americano, que es el Santuario de Guadalupe, donde late ese corazón, y pedirle a la Virgen que dé un impulso siempre nuevo a este “Continente de la Esperanza”, como ha sido repetidamente llamado por los papas del siglo XX y XXI. Esta nueva evangelización, según los últimos Papas se encuentra en el catolicismo de este pueblo sin privilegio alguno, un impulso y una energía que demuestran cómo la fuerza para cambiar la vida está en el corazón de la gente, en el yo de cada uno, que sabe comunicar su fe, sin miedo, “de boca a boca”, para usar una frase del Papa Ratzinger, en relaciones que comienzan a partir de la comunicación de una experiencia humana fundamental donde siempre la fe se manifiesta también en una cultura de la vida.

El Papa Juan Pablo II decía que donde haya un mejicano, allí está la virgen de Guadalupe. ¿Qué papel tiene la virgen de Guadalupe en la presencia de la Iglesia en Méjico? ¿Y en toda América Latina?
Con el acontecimiento guadalupano comienza la historia en lleno de la evangelización del Continente Americano. Por lo tanto, nos coloca en el corazón de este camino misionero de evangelización, no sólo de lo que hoy se llama México, sino de todo el continente, alargado hasta el Extremo Oriente, en Filipinas, que dependió de él en su historia evangelizadora. María de Guadalupe en el Tepeyac, lugar de las apariciones en las orillas del gran lago de Tenochtitlán-México, es la primera gran misionera; y ella escoge a un indígena desconocido como su enviado, embajador, Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Usted participó en el proceso de canonización de Juan Diego. ¿Cuál fue su papel?
         Participé desde 1988, al ser primero miembro de la Comisión vaticana que le tocó examinar el asunto. Dos años más tarde fui nombrado presidente de la Comisión histórica vaticana que debió llevar a cabo una investigación histórica a fondo. En ella participaron unos treinta investigadores de varias nacionalidades, expertos en historia de México y de América Latina, y con una libertad máxima para llevar adelante nuestra investigación. El trabajo nos duró hasta el 2002 cuando Juan Diego fue canonizado el 31 de julio de 2002. Todo el proceso fue seguido de cerca por el mismo Papa Juan Pablo II. Hemos recogido los resultados en una serie de publicaciones; entre ellas algunas publicadas por mí, pero que son resultado de la cooperación pluridisciplinar de varios expertos citada.

¿En qué sentido el Acontecimiento Guadalupano explica aquel proceso de encuentro humanamente imposible entre la fe de los españoles conquistadores y los pueblos indígenas?

Juan Diego (1474-1548) fue el primer gran misionero natural de sus pueblos. Juan Diego Cuauhtlatoatzin fue misteriosamente escogido como embajador de Santa María para explicar y poner en marcha una nueva historia de encuentro, tras la historia de choques sangrientos y humillaciones agobiantes que se vivieron entre los españoles y los grupos indígenas. Este es el gran “milagro moral” que Dios obró sirviéndose de un mazehualli, un sencillo, pobre y afable indígena indio, una visión que una lectura que se proponga excluir a Dios de la historia no puede desentrañar.
Ante una situación dramática, de la desesperanza y frustración trágica por parte de los indios, y de la dificultad para transmitir el anuncio evangélico por parte de los misioneros españoles señaladas, sucede algo imprevisto: en 1os primeros días de diciembre de 1531 en el cerro de Tepeyac, un cerro consagrado al culto de la diosa azteca Tonantzin y lugar de culto y de sacrificios humanos según las concepciones religiosas de los mexicas, al margen de la gran laguna de México, la Madre de Dios se aparece a un indio, neófito cristiano, de unos 50 años, Juan Diego Cuauhtlatoatzin (“Cuauhtlatoa” en lengua náhuatl significa “el águila que habla”), que se encaminaba a la misión franciscana de Tlatelolco. Juan Diego habría sido uno de los primeros indios bautizados por Fray Motolinía. La Virgen le da una prueba de su amor maternal de “Madre misericordiosa”, que veía la tribulación de sus hijos al borde de un desastre suicida y de la desesperación más negra. Se presenta al buen indígena como Aquella que siendo la Madre del Dios “por el que se vive”, quiere que todos sus hijos vivan y que ninguno perezca, prometiendo llevarles siempre en el “cruce seguro de sus brazos”. Es cuanto nos narra el primer documento guadalupano indígena el Nican Mopohua de mediados del siglo XVI.


¿Cuándo sucedieron las apariciones?

Las apariciones de la Virgen, escuetas en sus diálogos, son cinco, entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, en pleno drama de la conquista de México y sus tremendas secuelas de dolor y lágrimas.


¿Cuál fue el mensaje de la Virgen en ese diálogo con Juan Diego?

El lenguaje de la Virgen con Juan Diego fue en el más puro estilo náhuatl. La Virgen le habla con el lenguaje de las madres nahuas a sus hijos, dándole confianza y reafirmando su preocupación por él y por todos los que entonces sufrían. La expresión náhuatl que la Virgen usa según el citado Nican Mopohua es de recogerle “en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos”. En lengua náhuatl la palabra es “Cuexantli”, que es la concavidad que se forma en una vestidura, rebozo, ayate en náhuatl, para cargar algo: de ahí la imagen del vientre materno, regazo, cercanía, amparo. Juan Diego aceptó aquella delicadeza materna, precisamente en unos momentos de amargo drama, y allí mismo solicitó que la Señora le confiara la señal que debía llevar al “Padre Obispo”. La Señora le ordenó subir al cerro y cortar las flores que encontrara en su cumbre, donde nunca las había, y menos en aquel frío y seco mes de diciembre, en el valle del Anáhuac. Las encontrará, las cortará y recogerá en su tilma o ayate para llevárselas al Obispo. A duras penas logrará encontrarle por impedírselo los sirvientes del Obispo. Finalmente logra encontrarlo y desplegar ante él su tilma o manto. Es cuando sucede el llamado milagro de las flores, que dejan al caer visible el hoy llamado “códice guadalupano de la tilma o ayate”, la imagen impresa de la Virgen que todo el mundo puede contemplar hoy en la Basílica de Guadalupe de México. En la cultura náhuatl las flores, el canto, los pájaros, el color y la armonía en el lenguaje están preñadas de significado. Era la forma plástica de expresar sentimientos y actitudes, mensajes y juicios. Es cuanto rodea toda la historia de las apariciones de la Virgen en el Tepeyac.

“Guadalupe” fue sin duda una prueba fundamental para el Obispo de la autenticidad del mensaje. Guadalupe era la devoción mariana que habían mamado desde niños casi todos los conquistadores españoles, la devoción que alimentaba a los frailes cuyo convento madre, de donde habían salido hacia aquellas tierras, se encontraba no lejos del famoso Monasterio de Guadalupe en España. Guadalupe era como decir que el mensaje procedía de la Virgen Santa María y no de la imaginación descabellada de un indio soñador, o la mampara que escondía un culto ancestral escondido. Guadalupe era así el nombre que Santa María escogía en el Nuevo Mundo para reconciliar a dos culturas y a dos pueblos. Guadalupe era un “códice” -y los sigue siendo- que los indígenas mexicas, especialmente sus “sabios” podían leer y entender, con las características de todos los códices nahuas. Era un mensaje que podían entender y que entendieron. De hecho aquella aparición, aquel mensaje claro abrió y empujó al mundo nativo mexica y americano en general a la aceptación del Evangelio cristiano. Tal es su significado, y el hecho comprobado del río de conversiones que lo produjo. No fue ni la espada ni la elocuencia de los frailes quien convirtió al cristianismo aquel mundo razonablemente hostil. Fue todo distinto a partir de aquel misterioso Acontecimiento, como la historia demuestra.


¿Puede indicar algunas consecuencias de tal encuentro?

Las consecuencias de tal encuentro en la historia del cristianismo son importantes. Ante todo desde el punto de vista estadístico los católicos de lengua hispano-portuguesa constituyen la mayoría estadística de los miembros de la Iglesia Católica. Desde el punto dé la historia misionera en el Nuevo Mundo los misioneros pertenecían al bando de los “invasores” y tuvieron que asumir la defensa de los derechos humanos de los 'invadidos' frente a sus mismos paisanos que se confesaban cristianos. Estos misioneros, siendo coherentes con el Evangelio, fueron fuertes en la denuncia y no optaron por uno de aquellos dos mundos contra el otro. Presentaron el Acontecimiento cristiano como un hecho significativo para ambos. Pero ante una barrera humanamente infranqueable, Dios dispuso misteriosamente el Acontecimiento guadalupano como confirmación de tal metodología esencial del anuncio cristiano escogiendo a un pobre indio como su misionero. Toda esta historia nos demuestra cómo el cristianismo es un fenómeno capaz de diálogo con lo humano desde el primer momento en que entra en contacto con una situación humana, por dramática que sea.
El milagro realizado en América Latina, y en México en particular, es que tal conciencia de pertenencia cristiana ha llegado hasta hoy superando las numerosas peripecias, con frecuencia dramáticas, de su historia. En estas páginas dolorosas tenemos la continuidad del Acontecimiento Guadalupano que mantiene vivo a un pueblo y le da la dimensión real de su Destino. Lo reconocía a su modo el pensador liberal mexicano Ignacio Manuel Altamirano, un mestizo que combatió en las filas liberales juaristas en la Guerra de la Reforma: “No hay nadie, ni entre los indios más montaraces, ni entre los mestizos más incultos y abyectos que ignore la Aparición de la Virgen de Guadalupe. […]. Allí son igualados todos, mestizos e indios, aristócratas y plebeyos, pobres y ricos, conservadores y liberales. […] En cada mexicano existe siempre una dosis más o menos grande de Juan Diego” (La Fiesta de Guadalupe, 1884). Estos dos mundos sintetizan las dimensiones del Acontecimiento Guadalupano y sus consecuencias. La Virgen de Guadalupe fue proclamada de nuevo Patrona del Continente Americano y de las Filipinas por san Juan Pablo II en la Basílica de Guadalupe, renovando lo que ya otros Papas anteriores habían establecido, y la canonización de Juan Diego reafirmaron con clara evidencia el significado del Acontecimiento Guadalupano.


 Por otro lado, ha sido postulador de la causa de canonización del adolescente cristero José Sánchez del Río. Hace menos de un mes (el 21 de enero del 2016) el Papa Francisco firmó el decreto que permite su canonización. ¿Qué significa esta canonización para los mejicanos?
         Trabajo como Consultor de la Congregación de los Santos vaticana desde 1985 y en ella he participado como miembro de sus Comisiones históricas y teológicas en numerosos casos y relator de algunos de los Procesos; entre ellos de los mártires de la persecución religiosa anticatólica en el México de las primeras décadas del siglo XX. Un caso conmovedor los mismos es el joven muchacho José Sánchez del Río, uno de los protagonistas del film “Cristiada”. Fui nombrado “postulador” de aquellos casos, y por ello tuve que preocuparme del de José Sánchez del Río, siguiendo no sólo la documentación sobre su martirio, sino también los procesos de carácter médico, que fueron cuatro, y teológicos para su canonización, que el Papa Francisco ha reconocido recientemente.

 ¿Quién era José Sánchez?
Como lo defino en el título de una biografía sobre él fue “un joven David contra un tirano Goliat”, que vence, con su testimonio martirial, a todo el gran poderío que entonces ejercía en México un proyecto de descatolización y de asesinato de la libertad religiosa, que es un derecho fundamental. Un muchachito, que no había cumplido aún los 15 años, es capaz de oponerse a este inmenso poderío y de derrotarlo con su testimonio de Mártir, concluyendo su vida con el grito de “!Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!”, como todos los Mártires Mexicanos de la Persecución Religiosa.

¿Qué puede aprender el mundo en general y el latinoamericano y mexicano en concreto de este testimonio martirial?
Que la Fe no se vende por ningún privilegio. Sobre todo en estos momentos y no sólo en México, se aprende que la Fe se vive hasta las últimas consecuencias y que la Fe Católica siempre da puerta para vivir con dignidad la propia libertad de conciencia y la libertad religiosa.

¿La canonización próxima de este muchacho dice algo al mundo joven de hoy?
Me parece que el José Sánchez del Río puede ser Patrono –aunque no me toca a mí decirlo– de la Juventud que vive en las fronteras de la fe, o en las periferias sociales y discriminadas del mundo por motivos religiosos o sociales; una juventud hoy con frecuencia desorientada o desvertebrada, y que necesita tener con claridad una motivación para vivir. Joselito, como lo llamaban, encontró motivación en Cristo, fuente de la libertad. Estoy convencido de que este joven-adolescente puede ser presentado como ejemplo a seguir por su auténtica experiencia cristiana que da dignidad a las personas y abre horizontes grandes para una juventud que actualmente es atraída por montones de opciones efímeras, que al final son espejismos engañosos.



P Fidel González Fernández, MCCI, Misionero Comboniano, Doctor en Historia de la Iglesia, Teología y Letras, Director del Diccionario de la Historia Cultural de la Iglesia en América Latina (www.dhial.org), Consultor de las Congregaciones Vaticanas de la Evangelización de los Pueblos, de las Causas de los Santos, del Pontificio Consejo de la Cultura, Presidente de la Comisión de Historia en el caso San Juan Diego, Postulador de las Causas de los Santos y Beatos Mártires mexicanos entre ellos del próximo santo José Sánchez del Río, Relator de la Causa de Don Vasco de Quiroga, y de varios Mártires españoles, catedrático en las Universidades Pontificias Urbaniana y Gregoriana de Roma, canónigo de la Basílica de Guadalupe, ha sido condecorado por el Papa Francisco con la medalla “Pro Ecclesia et Pontifice”. 
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