20/4/16

Mostrar al Dios de la misericordia y del amor

"Los misioneros hemos vivido y seguimos viviendo junto al pueblo de Ecuador, del que formamos parte, una experiencia de dolor, de impotencia, de cuestionamiento" Lourdes Alonso, misionera en Ecuador




Me ha conmovido recibir, a pocas horas de sufrir el terremoto, vuestro mensaje de cercanía y apoyo. Gracias por estar tan cercanos a los misioneros.

En medio de estos días de vorágine, una tragedia que ha afectado a todo el país, hoy nos hemos reunido en Quito un grupo de religiosos y religiosas de diferentes Congregaciones para coordinar como ayudar más eficazmente a nuestro hermanos sufrientes en la zona del terremoto poniendo en común nuestro esfuerzos para que nadie quede abandonado y para prever las ayudas a medio y a largo plazo: la situación de crisis va a durar meses y ya sabemos que la emoción decaerá como otras veces a ocurrido. Hemos orado, releído y reflexionado los acontecimientos para decidir de algunas acciones concretas.

Hemos sentido también la necesidad de ayudar a la gente a entender que nuestro Dios sigue siendo el Dios de la misericordia y del amor en medio de estos acontecimientos . Es un momento de crisis que pone a cada uno frente a la fragilidad de su propia vida y el sentido que le quiere dar. Ayer estuve todo el día escuchando a gente “removida” profundamente por lo que se está viviendo y que no sabe con quien hablar de ello. Con todas esas personas para los que esta experiencia despierta interrogantes, queremos ser testigos del Dios que está al lado de las victimas muertas, heridas, en duelo, o todavía sepultadas. No queremos ser testigos de un Dios que nos habría enviado este horror como castigo o para enseñarnos, a palos, algún tipo de lección. Ese no es nuestro Dios. La fe en el Dios de Jesús nos guía para rechazar toda lectura que nos aleje de la mirada misericordiosa, compasiva y cercana que el Abba tiene por sus hijos. Dios escucha el dolor de su pueblo. Porque nos sentimos frágiles y, quizás, abandonados, es el momento de hacer memoria de aquellos momentos de nuestra historia, personal y colectiva en la que nos dimos cuenta de la cercanía y presencia de Dios. Dios no abandona la obra de sus manos. Es la experiencia del pueblo de Israel. Es la experiencia de Jesús en la cruz que une en un mismo grito el sentimiento de soledad y la confianza en Dios: Padre, ¿por qué me has abandonado? y ¡en tus manos encomiendo mi espíritu!

Pero, ¿cómo ser testigos ante la gente de que Dios escucha a su pueblo? Una manera es asumir el reto de ser personas de escucha atenta, cariñosa, misericordiosa, sin miedo y sin prejuicios con estas personas que han vivido esta experiencia terrible. Vivir lo que el Papa Francisco llama la cultura de la escucha, la cultura del oído que nos va a llevar a la oración autentica entre nosotros y con la gente, a darnos cuenta que Dios nos escucha, a la comunión concreta con los que claman hacia Dios y no a dar respuestas teóricas.
El Año de la Misericordia que estamos celebrando es una gracia de Dios se trata de ayudar a descubrir lo que nos recuerda el Papa Francisco: que en toda circunstancia “el nombre de Dios es misericordia”. También en momentos de dolor y de dificultad. Jesús es el rostro de la misericordia del Padre ¿cómo vamos a ser, en estas circunstancias, ese rostro de la misericordia del Padre? Ciertamente un camino será el hacer llegar las ayudas materiales que podamos ofrecer, es una ocasión de vivir las obras de misericordia vistiendo al desnudo, dando de comer al sediento, cuidando al enfermo, enterrando a los muertos, consolando al triste… Pero no debemos olvidar lo esencial de la actitud de cercanía con el hermano desamparado, vivir la cultura de la ternura y del cariño, buscar con la gente caminos para guardar la esperanza. La misericordia de Dios abre siempre a la esperanza.

En esta situación que vivimos nos sentimos terriblemente vulnerables frente a la naturaleza. Hay muchas muertes. Hay un olor de muerte y podemos ser tentados de dejarnos invadir por él. ¿Qué sentido dar a tantas muertes de personas inocentes? El tiempo de Pascua que vivimos nos recuerda con fuerza que para el creyente en Jesús la muerte y el dolor tienen siempre una dimensión pascual: no se trata de terminar “la” vida sino de pasar de esta vida a una vida nueva, aquí y ahora y para siempre. Jesús ha resucitado primero de todos nosotros (1 Cor 15,20). Nos ha abierto, ya, el camino hacia esa vida nueva. Es un paso, un “parto” que nos ha de llevar a reflexionar sobre la vida, el sentido que le queremos dar, la orientación que damos concretamente a nuestros actos. Jesús, nos pide el tener una vida pascual y frente a acontecimientos como estos nos desafía a mirarlos y vivirlos desde una óptica pascual, de cambio. Hay señales de resurrección que ya están presentes: el pueblo ecuatoriano ha comenzado a resucitar en la solidaridad, en su capacidad de aprender a vivir sufriendo, en la capacidad de los pobres para no dejarse abatir, en el sentido de unidad y de responsabilidad colectivas... Detectemos y valoremos las fuerzas de vida, porque allí es donde Jesús resucitado está presente. Colaboremos con Él. Él nos precede en esta nuestra Galilea.



Lourdes Alonso, Hijas de la Sabiduría
Quito, Ecuador

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