6/5/16

Misión ¿aquí o allá?

Hasta ahora hablar de la actividad misionera era hablar de los "territorios de misión" allá eran enviados los misioneros para evangelizar ¿Hoy eso ha cambiado?




Hasta la fecha estaba muy claro que hablar de misiones era hablar de la actividad misionera de la Iglesia en los ámbitos jurídico-geográficos de los llamados “territorios de misión”. Allá eran enviados los misioneros para evangelizar. Y allá gastaban su vida, en muchas ocasiones sin retorno. De sus correrías misioneras surgieron, como puntos de ignición, numerosas comunidades cristianas, y más tarde circunscripciones eclesiásticas, porque “la cosa” empezó con la llegada del misionero.

Hoy estas fronteras ya no existen; en todo caso, hay algunas líneas divisorias para discernir las circunstancias particulares que concurren en la situación religiosa de los destinatarios del primer anuncio del Evangelio. Primer anuncio, igualmente urgente en el mundo occidental. Europa ha pasado a formar parte de aquellos lugares tradicionalmente cristianos en los que, además de una nueva evangelización, se impone en muchos casos una primera evangelización. Redemptoris missio señala muy claramente los nuevos ámbitos de la misión ad gentes, más allá de los geográficos; situación bien delimitada por la enseñanza del papa Francisco en Evangelii gaudium y recordada por la Conferencia Episcopal Española (CEE) en la introducción del Plan Pastoral para el presente quinquenio: “Se trata de evangelizar también a nuestros conciudadanos, a los que viven junto a nosotros, a los que, estando bautizados, se han alejado de la vida eclesial, y a otros muchos, nacidos en nuestro país o venidos de fuera, que no han recibido el don de la fe”.

Desde esta constatación, la expresión “la misión está aquí” parecería la más adecuada para urgir a la acción misionera en el “aquí” de nuestras fronteras, pero su uso no está exento de cierta imprecisión e, incluso, intencionalidad, al entrañar una clara connotación excluyente. Si la misión está aquí, parece que prioritariamente está en nuestro entorno y que el “más allá” corresponde a otros. Este modo de decir no ayuda –antes bien, entorpece– la solicitud por todas las Iglesias. La corresponsabilidad evangelizadora implica la necesidad de llevar, al sentir y al compromiso de los fieles, su disponibilidad para ir allá donde la Iglesia los necesite, sin previas cortapisas. “Es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (Evangelii gaudium, 23). El mismo Plan Pastoral de la CEE lo reconoce: “De este esfuerzo apostólico resultará también beneficiaria la misión ad gentes, de la que nuestra Iglesia tiene no solo una fecunda historia evangelizadora, sino también una fuerte presencia actual, que ha de ser renovada e impulsada con nuevas vocaciones, signos de la vitalidad de nuestras comunidades cristianas”.

Un anuncio de Jesucristo y de su Evangelio que se limitara solo al contexto europeo mostraría síntomas de una preocupante falta de esperanza, al renunciar a los horizontes universales de la evangelización, que ofrece gratis lo que gratis se ha recibido. La misión ad gentes es expresión de una Iglesia forjada por el Evangelio de la esperanza, que se renueva continuamente. Este es el atractivo de los innumerables grupos de misioneros y misioneras que han anunciado el Evangelio de Jesucristo a las gentes de todo el mundo, yendo al encuentro de otros pueblos y civilizaciones. 

Anastasio Gil,  Director Nacional de OMP
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