19/11/16

Fiesta de Cristo Rey del Universo

Cristo Rey: futuro de misericordia, presente de misión



Mañana celebramos la solemnidad de Cristo Rey del Universo y será el día en el que se cierre la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro en Roma; con este acto concluye el Año jubilar de la Misericordia. La Puerta Santa de Roma (y de todas las diócesis del mundo) ha servido para que muchas personas la atraviesen pidiendo a Dios el don de experimentar su misericordia y aprender a ser misericordiosos como Dios mismo lo es. Hoy se cierra la de San Pedro y es la última; el domingo pasado se cerraron en todas las diócesis.

¿Significa esto acaso que se terminado el tiempo de vivir la misericordia de Dios? Ni mucho menos. Dice el papa Francisco en la bula de convocatoria del Año de la Misericordia: El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. (Misericordiae vultus, 5)

Cerrar la Puerta Santa es cerrar un tiempo extraordinario de gracia que Dios nos ha concedido. Es un momento de gratitud y a la vez de proyectar un futuro lleno de esperanza. Porque el Año jubilar ha servido a todos en la Iglesia para tomar conciencia que, si abrimos el corazón a la misericordia de Dios, ante nosotros se abre un nuevo horizonte; que la misericordia de Dios es la “viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (Misericordiae vultus, 10); que “la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona” (Misericordiae vultus, 12). Es la esperanza que expresa el Papa en el mismo texto: ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.

En el rezo del Angelus del domingo pasado el Papa insistía en que el futuro para el cristiano está en las manos de Dios, no es incierto o tenebroso porque Dios guía la historia. El Año Santo nos ha solicitado, por una parte, a tener fija la mirada hacia el cumplimiento del Reino de Dios, y por otra, a construir el futuro sobre esta tierra, trabajando para evangelizar el presente, para hacerlo un tiempo de salvación para todos. Jesús en el Evangelio nos exhorta a tener bien firme en la mente y en el corazón la certeza que Dios conduce nuestra historia y conoce el fin último de las cosas y de los eventos. Bajo la mirada misericordiosa del Señor se devana la historia en su fluir incierto y en su entrecruce de bien y de mal. Pero todo aquello que sucede está conservado en Él; nuestra vida no se puede perder porque está en sus manos.

La misión es el testimonio más claro de este futuro de esperanza que nos brinda la misericordia de Dios. La inmensa labor de los misioneros y misioneras en el mundo está sustentada sólo por la certeza que vale la pena el compromiso con la evangelización de las personas y los pueblos, porque no es un solo un esfuerzo humano, es, sobre todo, dejarse conducir por  la mano de Dios para manifestar la presencia del reino de Dios ya en medio de las vicisitudes humanas. La actitud del misionero es clara: la mirada puesta en el futuro, en la fidelidad de Dios, en el cumplimiento pleno del reino de Dios; a la vez que el empeño constante de cada día en la tarea de la evangelización, en las palabras, los sentimientos, los gestos, los actos… que van haciendo actual la promesa de Dios. Todo ello bajo la mirada de un Dios misericordioso que llena el corazón para no sucumbir ni ante el activismo de pensar que todo depende de nuestras fuerzas ni ante el desánimo por la dificultades, tropiezos o incluso persecuciones, ni ante la inercia de acontecimientos humanos que aún no llevan la marca de la misericordia de Dios, sino que están cargados de egoísmo, violencia, indiferencia… El misionero mantiene siempre y en todo la actitud de la misericordia de Dios.

La solemnidad de Cristo Rey es la invitación a tener el corazón firme en la misericordia de Dios a la vez que los pies sobre la tierra. Jesús ha anunciado y ha hecho presente el reino de Dios y ahora reina sobre toda la humanidad: glorioso por su resurrección, crucificado en los miembros de su Cuerpo que sufren en este mundo. Jesús al final del evangelio manda a los apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos de la tierra sabiendo que él les acompañará siempre. La solemnidad de Cristo Rey precisamente nos recuerda esta realidad: Cristo ha vencido sobre todo el mal que pesa en la historia; su triunfo aún no es visible del todo, si bien la misión evangelizadora de la Iglesia adelanta en este mundo la victoria final de su reino de justicia, de fraternidad, de paz, de amor, de misericordia y reconciliación… A ella estamos invitados todos, siguiendo el ejemplo de los misioneros y misioneras del mundo entero.


Juan Martínez
OMP España



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