17/12/16

IV Adviento: Dios con nosotros

Este es el tiempo de la misericordia. Cada día de nuestra vida está marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar. (Papa Francisco, carta apostólica Misericordia et misera, 21)



Is 7,10-14: La virgen concebirá.
Sal 23,1-2.3-4ab.5-6: Va a entrar el Señor; Él es el Rey de la Gloria.
Rm 1,1-7: Jesucristo es de la estirpe de David, Hijo de Dios.
Mt 1,18-24: Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.


El último domingo de Adviento -último antes de Navidad- nos trae el anuncio de la presencia de Dios en medio de nosotros. En la primera lectura el profeta se dirige al rey y le propone que pida una señal a Dios, porque están en un momento muy difícil de la historia de Israel. El rey -por respeto o, más bien, por miedo- no se atreve, a lo que el profeta responde anunciando la palabra que viene de Dios. Es así como Dios mismo hace ver como él nunca abandona a su pueblo, sino que le acompaña siempre y especialmente en los momentos más difíciles. Es el momento de una gran revelación: Dios es Dios-con-nosotros. Una revelación divina muy similar a la que hace en el Horeb a Moisés: Dios es “el que es”, o sea, el que se manifiesta como el Dios de su pueblo, “el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Ex 3,15).

Lo que en era anuncio y profecía, en el evangelio es pleno cumplimiento. Es Dios mismo quien envía a su Hijo único para que se encarne y habite entre nosotros. Es el mensaje que el ángel lleva a José para que acepte a María en su hogar. José acepta el anuncio y sin dudar hace lo que Dios le pide con prontitud en su respuesta. Una prontitud que destaca en comparación con los titubeos del rey y eso que es mucho más desbordante la promesa que se le hace: “él salvará a su pueblo de los pecados”. El corazón de José no duda en que Dios es capaz de realizarlo y de hacerlo de una manera sorprendente y maravillosa, pero muy humana y real.

En este último domingo del Adviento podemos tomar el ejemplo de José como paradigma de la acción misionera de la Iglesia. Dios es ciertamente “Dios-con-nosotros”; en Jesús se ha acercado a todo hombre, pueblo, cultura,  etc., ha asumido toda la realidad humana en toda su amplitud. Necesita, sin embargo, quien le acoja en esas realidades. Los misioneros y misioneras en todo el mundo dedican su vida a hacer posible que Dios manifieste su cercanía a todos; ellos hacen posible con su fe, su esperanza y su amor, que Dios sea Dios-con-nosotros para muchas personas.



Juan Martínez
Obras Misionales Pontificias España


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