14/3/17

Hasta los camellos se mueren de sed

El misionero Christopher Hartley escribe esta carta desde Gode “con el corazón roto de la pena, para ser voz de tantos cuya voz nadie escucha”




En Gode y en la región de Etiopía cercana a Somalia, hace ya un año y medio que no ha caído ni una gota de lluvia. Aquí todo se está muriendo. Es tan triste y desolador ver los sembrados devastados por la sequía. Aquí ya no crece nada.En estos momentos Gode está siendo arrasado por una espantosa epidemia de cólera. Las gentes llegan en el último aliento y a veces mueren a los pocos minutos en manos de médicos impotentes ante la magnitud de la tragedia. Es dramático ver a las gentes llegar al hospitalucho de Gode, por cualquier medio de transporte, incluido carretas tiradas por burros, con pacientes escuálidos y moribundos.
Decidí que era imperativo buscar los poblados de donde llegaba la gente enferma para de verdad entender el problema. Lo que nadie me había aclarado es que no había en realidad camino para llegar a esos asentamientos; así que con el 4X4 puesto y apretando los dientes, recorrimos esos 40 interminables e inolvidables kilómetros. Llegamos todos cubiertos de polvo de pies a cabeza y abrasados de calor. La gente en seguida se arremolinó a nuestro alrededor, para contarnos su tragedia. Volví a casa muerto de cansancio y roto de la pena por lo que mis ojos habían visto. Pensaba, emocionado, en medio de tanto horror como había visto ese día, que era la primera vez que estas gentes habían visto el rostro de la caridad, por la presencia de un sacerdote católico.
Desde el instante mismo en que llegué de nuevo a la misión, no he parado de darle vueltas a lo que se puede y debe hacer como Iglesia de Jesucristo que somos; testigos del amor misericordioso de Dios, que es Padre y ama a cada una de estas personas. Quizá sean personas inexistentes, irrelevantes para el mundo; quizá su tragedia sea a lo sumo una mera estadística. Para Dios no, para la Iglesia tampoco. Son personas cuyo rostro sale del anonimato en el encuentro con una Iglesia misionera, siempre dispuesta a ir más allá, donde no ha llegado nadie. La Iglesia es la única que sabe ver en toda esta tragedia, que cada vida, cada rostro, es icono y transparencia del crucificado.
Soy voz de quienes no tienen voz, o sólo tienen un gemido ahogado, como un nudo en la garganta, gemido estridente y reseco, donde no solo no tienen agua, sino que ni siquiera les quedan más lágrimas que llorar. Os ruego por el amor de Dios que hagáis cuanto podáis por ayudarnos. Toda ayuda, por pequeña o aparentemente insignificante que os parezca, puede ayudar a salvar una vida. 
La Iglesia, como Nuestra Señora Santa María, camina siempre junto a su Hijo que en la vida dolorosa de estos polvorientos senderos cae y se levanta una y otra vez. Unas veces tiene cosas que dar, otras, tiene las manos vacías (¡si lo sabré yo!), pero llenas o vacías las manos, la Iglesia caminará siempre en cada misionero, adherida como madre y esposa, al cuerpo crucificado de su Hijo, en los hombres nuestros hermanos.
Cada día en cada Santa Misa ofrezco en la patena y el cáliz, la muerte y la vida de estas pobres gentes. En esa misma oblación y ofrenda os ofrezco a todos vosotros que con vuestra caridad vestís con nosotros al desnudo, dais de beber al sediento y de comer al hambriento. A todos os deseamos una Cuaresma en que se nos rasgue el corazón, para que demos frutos de conversión, compartiendo con los pobres tanto como a todos nos sobra. Ante el Sagrario de la misión por todos oramos y con Nuestra Señora, Reina de la Misiones pedimos que a todos nos acoja bajo su bendito manto.


Leer el testimonio completo de Christopher Hartley:
Testimonio misionero del padre Christopher Hartely desde Etiopía


Abril: Que los jóvenes sepan responder con generosidad a su propia vocación; considerando la posibilidad de consagrarse al Señor.
Tribuna Misionera Seminaristas Misioneros: Reflexiones sobre el documento "El don de la vocación presbiteral"

Publicaciones Misioneras


Revista Gesto Revista Supergesto Misioneros Illuminare