30/3/17

Una misión que construye la comunión

Monseñor Segundo Tejado, miembro del dicasterio vaticano para el Servicio del Desarrollo Humano Integral en la Jornada Académica de la Cátedra de Misionología de San Dámaso


Monseñor Segundo Tejado y el profesor Jaime Ballesteros en la Jornada Académica de Misionología 2017
Cátedra de Misionología de la Universidad San Damaso 


Ayer tuvo lugar en la Universidad San Dámaso de Madrid, la Jornada Académica “Misterio de la Iglesia: Misterio de comunión y misión”. Una actividad organizada por la Cátedra de Misionología que acogió dos ponencias: “De la Comunión a la Misión”, a cargo del profesor Jaime Ballesteros Molero, y “Una misión que construye la comunión”, de Mons. Segundo Tejado Muñoz, miembro del dicasterio vaticano para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Esta Jornada ha coincidido con los 10 años de esta Cátedra de Misionología, pionera en su respaldo a la misión, desde el ámbito académico y de investigación. Así lo puso de relieve en su apertura de la jornada, el director de la cátedra y de las OMP España, Anastasio Gil. Que encuadró la celebración de esta jornada dentro del plan pastoral de la Conferencia Episcopal Española para este año, que incide en “la comunión y la corresponsabilidad al servicio de la evangelización”. Este binomio, comunión y misión, se ha de manifestar en un estado de misión permanente de la Iglesia irradiando por el mundo la alegría del Evangelio.

En la primera ponencia, Jaime Ballesteros, profesor de Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad San Dámaso, y también en el curso de Evangelización misionera promovido por la Cátedra, desarrolló el tema “De la comunión a la misión”. La Trinidad, eterna comunión de amor, y la revelación del amor de Dios en Jesucristo como fuente y criterio de de la misión son el origen. La respuesta a este don de la caridad es el testimonio de amor. Y es que, como explicaba el profesor Ballesteros, el mandamiento del amor no es un modelo externo a seguir, es el Espíritu Santo quien nos capacita para tener una comunión con Dios pero también con los demás. De ahí que la misión no sea otra cosa que la comunicación por las obras del amor recibido de Dios. La primera de estas obras, es el testimonio. Insistió también el docente de San Dámaso en que no se puede separar el amor a Dios – se caería en el espiritualismo – del amor al prójimo – horizontalismo. El amor viene de Dios y la medida del amor es amar sin medida. Sin el amor de Dios estamos ciegos ante el prójimo. Recordó, como decía el Papa Benedicto XVI, que la caridad no es otra cosa que un corazón que ve. Por eso, la caridad hacia los demás exige, más que la capacitación profesional o técnica, la formación del corazón. A veces, la gente no ayuda más a los demás porque no sabe cómo hacerlo. En este contexto mencionó, como afirma el Papa en Evangelii Gaudium, que la gran tarea de la Iglesia es la inclusión social y eclesial de los pobres. Siempre teniendo en cuenta que la caridad no es una cuestión de organización y que no se reduce al mero servicio de la caridad, sino que fundamenta toda la vida cristiana.

Posteriormente tuvo lugar la intervención de Mons. Segundo Tejado, miembro del dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral "Una misión que construye la comunión" un tema sugestivo, como lo definió Mons. Segundo, “profundamente vinculado a mi historia personal y a la actividad que llevo a cabo al servicio de la Santa Sede”. De hecho, el nuevo dicasterio asume las competencias que tenían el Consejo Pontificio Justicia y Paz, el Consejo Pontificio «Cor unum», el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud. Organismos todos ellos que, unificados ahora, se centraban en volcarse en los demás, un volcarse que hace comunión en la misma Iglesia. 
Comenzó recordando el envío de los 72 discípulos en el Evangelio de San Marcos. Este enviarles “de dos en dos” no es una realidad meramente funcional, sino que nos dice algo esencial que es una regla fundamental de la misión cristiana. Los misioneros del Evangelio reciben, ante todo, la llamada a amarse unos a otros, a sostenerse en las dificultades y pruebas. San Agustín expresa la finalidad de esta mutua caridad con estas palabras: “así sucederá que yo amo tu fortaleza y tú soportas mi debilidad”.
“Quiero tomar sólo tres episodios que a mi juicio pueden servir para profundizar el tema que estamos tratando: me refiero al encuentro entre Felipe y el funcionario etíope, a la primera misión de Bernabé en Antioquía y a las vicisitudes que llevaron a Pablo a anunciar el Evangelio en Macedonia”.
A partir de estos tres pasajes se hacía la pregunta: “¿De qué modo la misión construye la comunión en la vida de la Iglesia?”.
El encuentro entre Felipe y el eunuco nos muestra que la Iglesia en su misión universal construye la comunión con todas las personas a las que la sociedad excluye. El Santo Padre nos recuerda continuamente que el mundo actual está basado en la cultura del descarte. El ejercicio de la caridad en la Iglesia tiene desde siempre esta profunda motivación: mostrar la proximidad de Cristo a quien es descartado, no sólo porque es pobre, sino porque está sujeto a cualquier tipo de marginación. Benedicto XVI, en “Deus Caritas est” recuerda que todas esta personas no necesitan simplemente un alivio inmediato, sobre todo “necesitan humanidad. Necesitan atención cordial”.
“La actividad caritativa de la Iglesia no es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita”.
En cuanto a la misión de Bernabé, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium el Papa nos ilumina acerca de las tentaciones más frecuentes de quienes animan la vida de la Iglesia, una de las cuales, quizá la más tremenda, es la falta de comunión: “A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis: «En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a otros»”.
La misión de Pablo en Macedonia nos ilumina sobre la tercera dimensión de la misión de la Iglesia, la de construir comunión entre los diferentes pueblos y culturas. Algo que queda bien reflejado en la Constitución conciliar Lumen Gentium, que nos recuerda que la tarea de la Iglesia es purificar, elevar y llevar a cumplimiento “todo lo bueno que hay sembrado en el corazón y en la inteligencia de los hombres”, para que todo “llegue a su perfección para gloria de Dios, para confusión del demonio y para felicidad del hombre”.
Estos son los pilares de la acción de la Iglesia respecto de la sociedad: llamar a la conversión, iluminar la conciencia moral y anunciar incesantemente al Dios Desconocido, Aquel que “para nosotros, en todo caso, y para todos aquellos que aceptan la inefable revelación que el Cristo nos ha hecho de sí mismo, es el Dios vivo, el Padre de todos los hombres”.


OMPress, marzo 2017
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